En Memoria de Sigmund Freud

Cuando por tantos deberemos llevar luto,
cuando se ha hecho tan público el dolor, y se ha expuesto
a la crítica de toda una época
la fragilidad de nuestra conciencia y angustia,

¿de quién hablaremos? Porque se nos mueren a diario
aquéllos que nos hacían bien,
aquéllos que sabían que nunca era bastante, pero
esperaban mejorar algo viviendo.

Así fue este doctor: aún a los 80 deseaba
pensar nuestra vida, su desorden
que a tantos futuros, jóvenes, posibles,
pide obediencia con amenazas o halagos,

pero su deseo le fue negado: cerró los ojos
frente a esa imagen última, común a todos,
los problemas reunidos como familiares
perplejos y recelosos ante nuestra agonía.

Pues él tuvo alrededor hasta el final
a quienes estudió, la fauna de la noche,
y las sombras que aún esperaban entrar
en el luminoso círculo de su reconocimiento

se fueron a otra parte, decepcionadas, mientras a él
lo separaban de su vocación
y lo devolvían a la tierra en Londres,
un judío importante que murió en el exilio.

Sólo el Odio se alegraba, confiado en aumentar
su práctica ahora, también su turbia clientela,
convencida de que puede curarse asesinando
y cubriendo los jardines con cenizas.

Sigue viva aún, pero en un mundo que él cambió
simplemente mirando atrás sin falsas pesadumbres;
todo lo que hizo fue recordar
como los viejos y ser honesto como los niños.

No fue hábil, no: sólo le dijo
al Presente infeliz que recitara el Pasado
como una lección de poesía que tarde
o temprano vacilaba en el verso donde

mucho tiempo atrás habían empezado las acusaciones
y él supo de pronto quién lo había juzgado,
qué rica era la vida y qué absurda,
y fue perdonado y se volvió más humilde,

capaz de acercarse al Futuro como un amigo,
sin ropajes de excusas, sin
una máscara estudiada de rectitud o un
gesto embarazoso de familiaridad excesiva.

No sorprende que las antiguas culturas de la vanidad
previeran en su técnica inquietante
la caída de los príncipes, el colapso de
sus moldes lucrativos de frustración:

si él lograba su meta, la Vida Generalizada
se tornaría imposible, el monolito
del Estado caería a pedazos y se impediría
la cooperación de los vengadores.

Clamaban a Dios, por supuesto, pero él siguió su camino,
como Dante, hacia abajo, entre los perdidos, hacia abajo,
al fétido foso donde los heridos
viven la vida feroz de los rechazados,

y nos mostró que el mal no es, como creíamos,
actos que deban castigarse, sino nuestra falta de fe,
nuestra manera deshonesta de negar,
la concupiscencia del opresor.

Si algunos resabios de la pose autocrática,
del rigor paternal del cual él mismo desconfiaba, aún
persistían en su lenguaje y estilo,
eran sólo el tinte protector

de quien vivió entre enemigos tanto tiempo:
si se equivocaba con frecuencia y era a veces absurdo,
para nosotros ya no es una persona
ahora, sino todo un clima de opinión

bajo el que vivimos nuestras diferentes vidas:
como el tiempo, él sólo puede molestar o ayudar,
el orgulloso puede ser orgulloso todavía, pero lo encuentra
un poco más difícil, el tirano trata de

arreglárselas con él, pero no le hace mucho caso:
él rodea en silencio todos nuestros hábitos de crecimiento
y se extiende, hasta los cansados
del pueblo más remoto y miserable

han sentido el cambio en sus huesos y el consuelo,
hasta los niños infelices de un pequeño Estado,
un hogar donde la libertad no existe,
una colmena cuya miel es el temor y la zozobra,

se sienten más tranquilos ahora y de algún modo confían en la huida,
yacen en la hierba de nuestro descuido mientras
tantos objetos olvidados hace mucho
revelados por él con su fulgor sin desaliento

nos son devueltos y adquieren de nuevo su valor;
juegos que pensábamos que debíamos abandonar al crecer,
ruiditos de los que no osábamos reírnos,
las caras que poníamos cuando nadie miraba.

Pero él nos desea más que esto. Ser libre
es a menudo estar solo. Él reuniría
los trozos desiguales, fracturados
por nuestro bienintencionado sentido de justicia,

devolvería al más grande la comprensión y voluntad
que el más chico posee pero sólo puede usar
en áridas disputas, devolvería al
hijo la riqueza de sentimientos de la madre:

pero nos recordaría sobre todo
el entusiasmo por la noche,
no sólo por la sensación de prodigio
que únicamente ella ofrece, sino también

porque necesita nuestro amor. Con grandes ojos tristes
sus criaturas deliciosas levantan la mirada y nos ruegan
en silencio que les pidamos que duren:
son exiliadas que ansían el futuro

que está en nuestro poder, ellas también se alegrarían
si se les permitiera dar claridad como él,
soportar incluso nuestro grito de “Judas”,
como él lo soportó y deben soportarlo todos los que dan claridad.

Una voz racional enmudece. Sobre su tumba
la familia del Impulso llora a un ser muy amado:
triste está Eros, constructor de ciudades,
y solloza la anárquica Afrodita.

W.H. Auden, 1939

Traducción: Juan Gelman

Published in: on marzo 2, 2014 at 4:25 am  Dejar un comentario  

Sobre el Gobierno Abierto

El razonamiento implícito en la noción de gobierno abierto parte de considerar que: 1) la tecnología disponible permite una fluida comunicación e interacción de doble vía entre gobierno y ciudadanía; 2) el gobierno debe abrir esos canales de diálogo e interacción con los ciudadanos, para aprovechar su potencial contribución en el proceso decisorio sobre opciones de políticas, en la coproducción de bienes y servicios públicos y en el monitoreo, control y evaluación de su gestión, y 3) la ciudadanía debe aprovechar la apertura de esos nuevos canales participativos, involucrándose activamente en el desempeño de esos diferentes roles (como decisor político, productor y contralor). Hasta aquí el argumento y el razonamiento parecen impecables. Sin embargo, más allá de algunas experiencias aisladas relativamente exitosas que podrían abrigar expectativas de una rápida difusión de esta nueva forma de gobernar, los supuestos de los que parten los propulsores del gobierno abierto no se sostienen en la realidad. No pongo en duda que los avances tecnológicos han sido, históricamente, una fuente importante de cambio cultural. Pero la condición básica para que la tecnología incida sobre la cultura es que exista voluntad política para difundir e imponer sus aplicaciones, con todas las consecuencias que ello implica. Esta afirmación merece una aclaración. La mayoría de las aplicaciones tecnológicas son rápidamente adoptadas por el mercado y los usuarios, sin necesidad de someterlos a compulsión alguna. Pero en el caso que nos ocupa, estamos hablando de abrir la caja negra del Estado y de instar a los funcionarios a que escuchen a los ciudadanos, respondan a sus propuestas, los acepten como coproductores y admitan que deben rendirles cuenta, además de responder a sus críticas y observaciones. Se trata de nuevas reglas de juego en la relación gobierno-ciudadanía. Y si bien podemos aceptar, provisoriamente, que la tecnología permitiría esa interacción, también debemos admitir que para que los funcionarios políticos y los administradores permanentes se muestren dispuestos a funcionar bajo estas nuevas reglas, hace falta una enorme dosis de voluntad política desde el más alto nivel gubernamental para imponerlas. Un grado de determinación que rompa con estructuras y mecanismos decisorios ancestrales, que por muy distintas razones pocos estarían dispuestos a modificar. Pero además, del lado de la ciudadanía, la filosofía del gobierno abierto supone que una vez abiertos los canales, los ciudadanos estarán prontamente dispuestos a participar y ejercer los roles que potencialmente se les atribuye y reconoce discursivamente. ¿Es posible imaginar esta recreación del ágora ateniense, en un espacio ahora virtual? ¿O, como ocurría en la antigua Grecia, sólo un pequeño grupo de sofisticados oradores y demagogos entablarían un diálogo para discutir y decidir el futuro político de la polis? Lo que pretendo destacar es: 1) que como bien lo ha destacado Amartya Sen, no es concebible la participación de la sociedad civil en el diseño, puesta en marcha y evaluación de las políticas estatales, a menos que esta haya sido empoderada; 2) que el empoderamiento implica que el ciudadano conoce sus derechos individuales y los colectivos, la forma en que se puede obtener la garantía de su ejercicio y la capacidad de análisis de la información pertinente, así como su capacidad de agencia, o sea, de ser o hacer aquello que se tiene razones para valorar, y 3) que aun empoderado, el ciudadano valora la participación política y tiene la voluntad de ejercerla. Estos supuestos, del lado de la sociedad civil, negarían de hecho las profundas desigualdades económicas, sociales, educativas y culturales de la población, la brecha digital existente entre clases sociales, la distinta capacidad de agencia de la ciudadanía, el alto grado de desafección política que exhiben muchas sociedades y la natural tendencia al free riding de la mayoría de los ciudadanos, que no poseen esclavos que les dejen tiempo libre para acudir, a deliberar, a la plaza virtual. En definitiva, la tecnología puede producir cambio cultural en presencia de voluntad política, que debería existir tanto desde el Estado como desde la sociedad civil. Por lo tanto, si al menos desde el Estado la voluntad política se ejerciera en todos los planos necesarios como para eliminar o reducir las distintas asimetrías y resistencias comentadas, es posible que una acción sistemática y perseverante del máximo nivel político podría llegar a generar los incentivos necesarios como para que esa nueva filosofía penetre y se instale con habitualidad en las prácticas ciudadanas, de modo que la cultura reflejada en esas prácticas llegue a modificarse.

Oscar Oszlak, Gobierno Abierto: promesas y desafíos. Voces en el Fénix, 2012

Published in: on octubre 25, 2012 at 11:52 pm  Dejar un comentario  

SABER: ¿COMPETENCIA O COOPERACIÓN?

La comunidad nacional siempre ha reconocido y respetado el saber. La representación de ese respeto, sin embargo, se ha ido modificando a medida que la educación media de la sociedad se fue elevando y consolidando. Allá por 1930, los sectores populares aspiraban a que sus hijos fueran maestros o empleados de banco. Se trataba de saberes no comunes, que además cumplían funciones sociales bien definidas. Veinte años después, le tocó a miles de egresados de escuelas técnicas ponerse al hombro la implementación de la sustitución de importaciones que el país necesitaba por las dificultades de comercio exterior de la posguerra y que además se promovía, como parte de la visión estratégica peronista. Los candidatos a abogados, médicos, ingenieros, transitaron en todo ese período por las universidades, pero provistos en su amplia mayoría por los sectores con poder económico basado en la tierra, el gran comercio; por los dueños previos del país. Es en los últimos 50 años que comienza un entrelazado más complejo entre el conjunto de la sociedad y el saber. Los hijos de la clase media aspiran a ser egresados universitarios; los hijos de los sectores más humildes también, aunque lo ven como una esperanza las más de las veces utópica. Ser universitario pasó a ser una expectativa generalizada de progreso social y económico. Sin embargo, en la enorme expansión de la matrícula está el germen de tensiones de nuevo tipo, a las cuales hay que darles cauce y solución. Centenares de miles de egresados del sistema educativo en su fase superior siempre encuentran el reconocimiento de su nuevo saber, al menos en su ámbito familiar y social, pero no siempre se les asignará roles tan inmediatos y claros como a los maestros o empleados de banco de hace 80 años. Las crisis económicas reiteradas han contribuido a esta disociación entre saber y trabajo. Hasta hace bien poco había carreras que se cursaban con la casi total certeza que los egresados irían a trabajar al exterior, como los ingenieros aeronáuticos o los físicos, por mencionar sólo dos casos. O había abogados, contadores o diseñadores industriales resignados a dedicar su esfuerzo a trabajos no necesariamente vinculados a aquello aprendido. No son sólo las crisis las responsables del problema, sin embargo. Hay una cuestión estructural – y bien seria – cuando se cuenta con un sistema de formación superior de libre acceso y una red productiva y social a la cual se integran los egresados dependiendo de las iniciativas individuales de muchos miles de emprendedores u organizaciones de lo más diversas. Compatibilizar ambos flujos – de egreso y de inserción – seguramente deja muchas vocaciones postergadas o frustradas y además establece variadas formas de competencia entre miembros de una misma rama. Hay dos formas de esa puja para destacar. Una primera es una deformación del concepto de educación permanente – legítima idea -, que podríamos llamar carrera permanente. Los egresados de grado son estimulados al posgrado local, el posgrado internacional, diversos doctorados, como si en esa búsqueda se accediera a un saber definitivamente superior y a la vez se dejara atrás a los eventuales competidores en el mundo del trabajo. Eso se ha magnificado sobre todo en períodos de estancamiento económico, desgastando a miles de jóvenes, que no está claro ni para ellos qué es lo que buscan. Una segunda distorsión, si se quiere más peligrosa que la anterior, pero vinculada a ella, es que muchos de quienes transitan por esa secuencia de título tras título, culminan su camino como docentes e investigadores, que realimentan su decisión de vida construyendo el culto a la excelencia del conocimiento. ¿Qué vendría a ser la excelencia, en este campo? Pues lo mejor, lo superior, lo que pocos o ninguno tienen. ¿Cómo se muestra que se ha llegado a la excelencia? Compitiendo en los ámbitos del saber – revistas especializadas, congresos -, colocándose un paso por delante, en ocasiones evitando compartir información que simplificaría a otros llegar a nuestro lugar. Esta idea es antitética con el liderazgo social, ya que el líder es justamente quien es capaz de diseminar conceptos, propuestas, metodologías a escala masiva. La excelencia, concebida como se ha descrito, en lugar de vincular, termina aislando. Aparece aquí una paradójica fractura con la sociedad. En lugar de tener su origen en el poder económico, la fractura esta vez, se origina en la competencia por la cúspide del saber. Un proyecto popular necesita como el aire a quienes han acumulado saber y están dispuestos a seguirlo haciendo como proyecto de vida. No obstante, varios procesos históricos han mostrado la dificultad de sumar a muchas de estas mentes brillantes, que han aceptado la competencia como modalidad de vínculo, antes que la cooperación. Ha sido un error en varios países y circunstancias creer que la sociedad se puede arreglar sin ellos o en todo caso, convertirlos en objetos de lujo, a los que se admira pero que no aportan a la mejora de calidad de vida general. Tal vez el camino pase por redefinir la idea de excelencia. Por supuesto no es una cuestión de diccionario, sino que es un proceso político y social. ¿Qué tal si calificáramos la excelencia por el efecto comunitario de aplicar una idea o un conjunto de ellas? Si pretendiéramos que alcanzar la cima del reconocimiento – objetivo y subjetivo – pase a ser una cuestión validada por las soluciones brindadas a la comunidad, en lugar de surgir de competencias entre pares aislados de sus compatriotas, daríamos un gran paso adelante en un proceso de construcción de liderazgos. Por supuesto, si se decide recorrer este camino, se plantean exigencias que no son unilaterales, no son sólo para quienes hoy buscan excelencias que los aíslen. Como contraparte de esas demandas el sistema de gobierno, en todos sus niveles, debe estar dispuesto a reconocer el valor del conocimiento en el planteo y solución de problemas de todo tipo; debe evitar improvisar; debe convocar en tiempo y forma a quienes hayan dedicado su vida a analizar problemas de incumbencia pública; debe preocuparse por la diseminación de la información y de cada uno de los saberes necesarios. En rigor, el desafío es mucho mayor para el sistema de administración pública, para la dirigencia política, que para quienes han transitado por esta particular forma de competencia que los condena a jugar en estadios cada vez más pequeños y sin público.

Enrique Martínez, La excelencia del saber. Buenos Aires, 2011.

Published in: on septiembre 18, 2011 at 8:04 am  Dejar un comentario  

Carta al Fiscal de Control Administrativo

Buenos Aires, 27 de enero de 2010
Ministerio de Justicia, Seguridad
y Derechos Humanos de la Nación
Oficina Anticorrupción
Sr. Fiscal de Control Administrativo
Dr. Julio F. Vitobello

En su Nota OA/DI/MFH Nº 497/09 del 20 de febrero de 2009, dirigida al Sr. Ministro de Educación de la Nación, solicitaba ubicar y remitir el Expediente nº 868/04 del Ministerio, supuestamente extraviado. Los pedidos de información y/o remisión del Coordinador de Investigaciones de la Oficina Anticorrupción se iniciaron, al menos, a partir de marzo de 2006 (ver Nota CFCyE Nº 1211/6). Entre esa fecha y su Nota, el expediente en cuestión estuvo en poder, sucesivamente, de la Dirección General de Cultura y Educación y de la Secretaría General del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires (ver Consulta de movimientos del Exp. nº 868/04 del 21-01-2010). Nunca fue remitido a las autoridades que lo solicitaban. Como ejemplo de esta actitud, y ante la solicitud de remisión del expediente por parte del Ministerio de Educación del 7 de agosto de 2008, la respuesta por indicación del Secretario General Dr. José Scioli, fue el archivo del mismo el 28 de octubre de 2008 (ver Nota U.C.I Nº 12/08 de la Subsecretaría Legal, Técnica y de Asuntos Legislativos y Consulta de movimientos del Exp. nº 868/04). Ante la insistencia del Ministerio, la Secretaría General declaró el extravío e inició los trámites para su reconstrucción (ver Nota U.C.I Nº 334/08 del 7-11-2008). Sin embargo, el expediente estuvo en esa dependencia hasta el 10 de noviembre de 2008 (ver Consulta de mov.). Por todo lo expuesto, surge la sospecha de ocultamiento del Expediente Nº 868/04 por parte de altos funcionarios de la Dirección General de Cultura y Educación y de la Secretaría General de la Gobernación de la Provincia de Buenos Aires. En consecuencia, solicito a Ud., iniciar las acciones judiciales pertinentes a la gravedad del asunto tratado.

Saluda muy atentamente,
Héctor R. Corvalán

Carta Expreso Plus EU811039830AR

Published in: on septiembre 14, 2010 at 8:19 am  Dejar un comentario  

Resolución Nº 223 SSCA

Mediante Resolución nº 223 SSCA del 2 de diciembre de 2009, la Subsecretaría de Coordinación Administrativa del Ministerio de Educación de la Nación resuelve:

ARTÍCULO 1º.- Tener por reconstruido el expediente Nº 868/04 del registro del entonces MINISTERIO DE EDUCACIÓN, CIENCIA Y TECNOLOGÍA sobre la base de la documentación colectada en autos.

Published in: on enero 2, 2010 at 10:33 pm  Dejar un comentario  

Resolución Nº 325 SSCA

Mediante Resolución nº 325 del 5 de mayo de 2009, la Subsecretaría de Coordinación Administrativa del Ministerio de Educación de la Nación resuelve:

ARTÍCULO 1º.- Tener por extraviado el expediente Nº 868/04 del registro del entonces MINISTERIO DE EDUCACIÓN, CIENCIA Y TECNOLOGÍA.

ARTÍCULO 2º.- Reconstruir el expediente mencionado en el artículo 1º de la presente medida, a cuyo fin se solicitará a todas las dependencias que hubieran tenido intervención en la tramitación de los obrados respecto de los cuales se ordena la reconstrucción así como al interesado, la incorporación de copias de los escritos, providencias, informes y dictámenes que tuvieran en su poder, como así también todo otro antecedente sobre el particular.

Resolución nº 325 SSCA

Ver también:
CARTA AL DR. MARTÍN MONTERO
NUEVA CARTA A LA DRA. PUIGGRÓS
NUEVA CARTA AL MINISTRO DANIEL FILMUS

LARGA VIDA

Las expectativas siempre dan forma a las acciones. Los planes de las instituciones y los personales reflejan nuestra expectativa de que todos los adultos que ahora viven morirán en una pocas décadas. Considérese cómo esta creencia inflama el ansia de obtener cosas, de ignorar el futuro en busca de un placer pasajero. Considérese cómo nos ciega al futuro y oscurece los beneficios a largo plazo de la cooperación. Erich Fromm escribe: “Si el individuo viviese quinientos o mil años, este conflicto (entre sus intereses y los de la sociedad) podría no existir o por lo menos podría atenuarse considerablemente. Podría entonces vivir y cosechar con alegría lo que sembró con pena; el sufrimiento de un período histórico, que dará frutos en el siguiente, podría también beneficiarlo a él”.  Si la mayor parte de la gente seguirá viviendo o no para el presente es irrelevante: la pregunta es, ¿podría haber un cambio significativo para mejor?. Las expectativas de vivir una larga vida en un futuro mejor bien podrían hacer que algunas enfermedades políticas fuesen menos mortales. Los conflictos humanos son demasiado profundos y fuertes como para ser eliminados por cualquier cambio simple, pero la perspectiva de una vasta riqueza en el mañana podría por lo menos disminuir el impulso de pelear por migajas en el presente. El problema del conflicto es grande, y necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir. La perspectiva del deterioro personal y la muerte siempre ha hecho que los pensamientos acerca del futuro fueran menos placenteros. Visiones de contaminación, pobreza y aniquilación nuclear, recientemente han hecho que los pensamientos acerca del futuro fueran demasiado difíciles de soportar. Pero con la esperanza de un futuro mejor y tiempo para disfrutarlo, podremos mirar hacia adelante mejor predispuestos. Mirando hacia adelante, veremos más. Teniendo una apuesta personal, nos preocuparemos más. Mayor esperanza y previsión beneficiarán el presente y la posteridad; incluso mejorarán nuestras posibilidades de  supervivencia. Vidas prolongadas significará más gente, pero sin que ello empeore mucho el problema demográfico del mañana. La expectativa de vidas más largas en un mundo mejor traerá aparejados beneficios reales, al estimular a la gente a pensar más en el futuro. En síntesis, una vida larga y su anticipación parecen ser buenas para la sociedad, así como el acortamiento del tiempo de vida a treinta años sería malo. Muchas personas quieren vidas largas y saludables para sí mismas. ¿Cuáles son las perspectivas para la generación actual?

ERIC DREXLER, La nanotecnología. El surgimiento de las máquinas de creación. Ed. Gedisa, 1993.

Published in: on abril 15, 2009 at 2:37 am  Dejar un comentario  

CRIÓNICA

Una de las leyendas urbanas más difundidas vinculadas a la criopreservación es la que relata que el cadáver de Walt Disney fue congelado a fines de 1966 con la finalidad de resucitarlo cuando la ciencia hubiera avanzado lo suficiente como para que esto fuera posible. Si bien hay amplias evidencias que descartan que el creador del imperio Disney se encuentre congelado en una cámara criogénica ubicada en algún lugar desconocido, no cabe duda de que el suceso ha servido para difundir las bases de la criónica (…) El objetivo de la criónica es preservar la vida de seres humanos enfermos en estado de latencia con la esperanza de que en el futuro la ciencia médica pueda curarlos. Un protocolo clínico de la criónica sería: 1- seleccione N sujetos; 2- presérvelos; 3- espere 100 años; 4- vea si la tecnología del siglo XXII puede revivirlos… La etapa 1 no es de aplicación simple a seres humanos. Las leyes actuales requieren que la suspensión criónica comience después de la muerte legal; es decir, algunos minutos después de que el corazón haya dejado de latir. La hipótesis fundamental de la criónica es que la muerte no es un evento sino un proceso que puede revertirse si es interceptado a tiempo. Para la criónica, nadie está muerto hasta que su cerebro esté destruido y esto puede ser evitado mediante bajas temperaturas. La criónica postula, entonces, que la vida puede ser detenida y recomenzada y no considera que su finalidad sea preservar gente muerta, sino gente inconsciente. La primera descripción de la criónica fue la de Robert Ettinger en 1964 en su libro The Prospect of Inmortality. En 1972 se fundó en Arizona (EE.UU), la Alcor Extension of Life Foundation, institución líder en investigación y desarrollo de tecnología criónica. Recientemente investigaciones de Alcor concluyen que es posible con procedimientos ya disponibles preservar por vitrificación el cerebro, e informaron que habían logrado que perros y gatos recobraran su actividad cerebral luego de 16 a 60 minutos de privación total de oxígeno. Para los autores, la detención del tiempo biológico estableciendo un puente hacia una ingeniería del envejecimiento ya es consistente con el conocimiento científico y médico actual.

Roberto Corti, Criopreservación… ¿y después?. Revista Ciencia Hoy, dic. 2005-ene.2006.

Published in: on marzo 19, 2009 at 2:17 am  Comments (1)  
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LA SOCIEDAD HIPERPOLÍTICA

Mientras los escenarios de la cultura se atarean positivamente en la nueva inestabilidad, saludan al caos y celebran las inconsecuencias, desde hace pocos años, a partir de círculos ecológicos y ampliada luego por los económicos, se está imponiendo una discusión de nuevo cuño sobre el desarrollo sostenible -sustainability-. Poco a poco se comprende que la actual way of life y el largo plazo son, estrictamente, dos magnitudes que se excluyen mutuamente. El debate, auspiciado por los economistas-ecologistas, prueba que la inteligencia dominante ha llegado tarde, por detrás del rasgo fundamental más peligroso del industrialismo: se admite, todavía con una cuidadosa dosificación, que se sabe que el entero sistema está enraizado en la ideología de una productividad no reproductiva -lo que viene a ser una variante económica del diagnóstico de nihilismo. El proceso industrial a gran escala destruye más “reservas” humanas y naturales de las que él mismo puede producir y regenerar. En esa medida resulta ser tan autopoiético como un cáncer, tan creador como un fuego de artificio, tan productivo como una plantación de drogas. Lo que hace más de doscientos años fuera celebrado casi sin discusión como productividad humana, se hace crecientemente visible en su carácter destructivo y creador de adicción. A través de una entera secuencia de cambios generacionales, generaciones de jóvenes más sensibles, más dadas al consumo, más desvalorizadas han sucedido a generaciones mayores que ellas, relativamente conservadoras, relativamente ahorradoras, relativamente más pobres en vivencias. Ésta es una secuencia cuyo comienzo puede fijarse en la juventud de la Revolución francesa, a lo más tardar en la juventud de 1870 y en las vitalistas rebeliones contra los mundos de los padres burgueses. Lo que llama la atención por primera vez en el caso del último de los seres humanos -el solitario sin retorno-, se pone continuamente de manifiesto en artículos de consumo no retornables, en materias primas no retornables, en especies animales no retornables y finalmente en biotopos y atmósferas no retornables. A la vista de cosas que se agotan o de naturalezas terminales, los últimos seres humanos no son capaces de sacar sus propias conclusiones. De ahí que la hiperpolítica -sea lo que quiera que sea- es la primera política para los últimos hombres. En la medida en que organiza la capacidad de convivir de los últimos, tiene que hacer una apuesta con muchas pretensiones, para la que no hay precedentes; se enfrenta a la tarea de hacer, a partir de la masa de los últimos, una sociedad de individuos que, en adelante, tomen sobre sí el ser mediadores entre sus ancestros y sus descendientes. La sociedad hiperpolítica es una sociedad de apuestas, que en el futuro jugará también a mejorar el mundo; lo que tiene que aprender es un procedimiento para obtener sus ganancias de modo que, después de ella, también puedan darse ganadores. Esto presupone que la hiperpolítica será la continuación de la paleopolítica por otros medios. Pues tampoco en una sociedad de últimos hombres puede olvidarse la más antigua de las artes, la repetición de los hombres por obra de los hombres. El libro sobre esto, lo más grande de lo grande, aún no se ha escrito. Si un día encontrara su autor, su título podría ser éste: “La horda abierta y sus enemigos”. Su tema sería el favorecimiento de los hombres por obra de los hombres, y contaría la historia de nuestra Species como una aventura de mecenazgo.

PETER SLOTERDIJK, En el mismo barco. Ensayo sobre la hiperpolítica. Ed. Siruela, 1994.

SOCIEDADES FUTURAS

Hay algo de lo que hoy se puede estar seguro: la evolución siempre ha actuado en gran medida de forma autodestructiva. A corto y a largo plazo. Poco de lo que ha creado se ha conservado. Esto vale para la mayoría de los seres vivos que existieron un día. Del mismo modo, casi todas las culturas que han determinado la vida humana han desaparecido. El sentido que tuvieron para los que vivieron en ellas apenas es comprensible aún, a pesar de todo el refinamiento en la valoración arqueológico-antropocultural-científico-espiritual de que hoy disponemos. Las mentalidades que un día fueron actuales ya no lo son para nosotros, o en todo caso sólo son comprensibles a través de ficciones altamente artificiales. Sólo nos es posible una relación cuasiturística con esas culturas pasadas. A las obviedades y formas culturales, al “mundo de la vida” de nuestra sociedad le pasará lo mismo. Nadie puede dudar seriamente de ello. No hay que excluir, incluso mirándolo con atención es probable, que los hombres desaparezcan como seres vivos. Quizá se sustituyan a sí mismos por seres vivos humanoides genéticamente superiores. Quizá diezmen o extingan su especie mediante catástrofes autoproducidas. O destruyan de tal modo los auxiliares técnicos que nos son habituales que sólo sigan siendo posibles formas muy elementales de supervivencia. Como siempre, en todo caso las futuras sociedades, si es que las hay sobre la base de comunicación con sentido, vivirán en otro mundo, basado en otras perspectivas y otras preferencias, y en todo caso se asombrarán ante nuestras preocupaciones y nuestros hobbys como ante rarezas con un limitado valor de entretenimiento, si es que quedan rastros de ellas y competencia para leer esos rastros. Semejante futuro nos parece inaceptable, un escenario de horror que sólo podemos disfrutar en forma de ficción porque suponemos que no se dará. Quien contempla lo venidero sin signos de espanto es rechazado por cínico. En la comunicación, esta perspectiva actúa como si hubiera sido inventada para irritar a los otros y para disfrutar con su irritación. El que se tira de la torre Eiffel no puede disfrutar realmente de la caída, porque sabe cómo terminará.

NIKLAS LUHMANN, Observaciones de la modernidad. Ed. Paidós, 1997.

Published in: on mayo 10, 2008 at 10:27 am  Comments (1)  
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