LA FORMA DE LA OBSERVACIÓN

ObservacionesA todas luces, los cambios en las tecnologías de la comunicación no sirven para representar mejor este mundo que se ha vuelto espacio-temporalmente desagradable. La operación de comunicar, que reproduce la sociedad, sigue una evolución propia que no es atribuible a los cambios en la extensión de las dimensiones espacio-temporales del saber mundial que produce al mismo tiempo esta sociedad.
La descripción del espacio y el tiempo puede seguir estos cambios si cambia por principio su instrumental de divisiones (del ser, del mundo) a distinciones (de un observador). De Aristóteles a Hegel, la tradición había intentado presentar el tiempo con la ayuda de la distinción entre ser y no ser, pero al hacerlo había topado precisamente con la unidad de esta distinción, con su paradoja. También la división del todo en partes fracasó por las peculiaridades del tiempo. Pero aún así había que saber qué era el tiempo para formular como paradoja la distinción entre ser y no ser, y hacer fracasar las divisiones del tiempo en el “no ser” del “ahora”. Las salidas pasaban, como se sabe, por conceptos como movimiento, proceso, dialéctica, y ello con la conciencia de que estas denominaciones no sirven para registrar el tiempo mismo. (…) Si ante estas consecuencias visibles de una forma de ver que apostaba obstinadamente por la ontología sospechamos la “metà tà physika” en la observación, esto nos obliga a cambiar la forma de observación de la división a la distinción. Porque sólo así la observación podrá reflejarse a sí misma como operación. Esto quiere decir, entre otras cosas, que hay que renunciar a una descomposición categorial del mundo en las dimensiones dadas por ella; porque las categorías son, si nos mantenemos en el uso lingüístico de Aristóteles, divisiones del ser. Con ello también se vuelve cuestionable el concepto de visión, que sugiere que se pueden abarcar estas dimensiones como de un vistazo (aunque sólo fragmentariamente y no en su infinitud). En consecuencia, se podrá dejar a un lado la distinción finito/infinito. En vez de esto, en la distinción todo dependerá de cómo se trace una cesura que divida dos lados (precisamente la distinción). Como presente funcionará, entonces, aquella cesura que permita distinguir direcciones y distancias. La elección del corte que se ha de dar a la distinción será cosa de un observador. Si se quiere saber cómo se lleva a cabo, habrá que observar al observador. El lugar de lo que se afirma como visión lo ocupa la posibilidad de designar algo (a diferencia de otra cosa), es decir, un lugar a una distancia de…, un camino en dirección a…, un acontecimiento como, visto desde hoy (pero también desde un punto hoy pasado o futuro), pasado o futuro. El mundo no privilegia ninguna de estas cesuras. Para un observador, pueden ser útiles de distinta manera. Pero ya no se puede saber que y cómo el mundo se explica sobre espacio y tiempo. Sólo se puede observar que la elección de distinciones y denominaciones, presentes y puntos en el espacio tienen consecuencias para lo que se puede o no se puede observar desde ellos. En cualquier caso, espacio y tiempo solamente son medios para posibles distinciones, medios para posibles observaciones, pero por su parte son tan inobservables como el mundo en tanto que mundo.

 

Niklas Luhmann, Observaciones de la modernidad. Ed. Paidós, 1997.

Published in: on junio 9, 2016 at 10:21 pm  Dejar un comentario  

El engaño Wittgenstein

WittgensteinLa ausencia de una crítica explícita del papel de Wittgenstein como profesor universitario constituye un indicio de que sus discípulos pasaron por alto las ambigüedades de su maestro, dándose por satisfechos con una lección a medias. Lo que se puede conseguir con una lección a medias lo dejan patente los trends dominantes durante más de cincuenta años en la reciente filosofía universitaria a este lado y al otro del Atlántico. En todas partes ha obtenido la supremacía el paradigma del deportista conceptual rebosante de agudeza y del epistemólogo prepotente que Wittgenstein ha coadyuvado a fundar mediante su personalidad académica, mientras que lo que más íntimamente importaba al pensador desaparecía casi por completo de la lista de temas de los seminarios de analítica. El propio Wittgenstein tiene que haberse percatado de que por esa vía del señalar salían a la luz cosas distintas a lo deseado por él. El ideal de la acción directa del modelo hacía ya mucho tiempo que había quedado colapsado, cuando, en 1947, anota: “La manera más fácil de que yo consiga aún una repercusión sería el que escriban, estimulados por mí, una gran cantidad de basura & que ésta aporte quizás alguna sugerencia con vistas a algo bueno.”

En vano se buscará en la historia de la filosofía un ejemplo parecido de que un pensador prevea con tanta precisión su influjo. La frase citada resume igualmente la catástrofe intelectual de la segunda mitad del siglo XX. La “basura” que Wittgenstein sabe que más pronto o más tarde provocará no es otra cosa que la “porquería” que él, con su posterior teoría oficial, la doctrina pseudoneutral de los juegos del lenguaje, iba a propiciar. La tardía ambigüedad de Wittgenstein no sólo expresa ciertamente un complejo privado. Testimonia también una perplejidad objetiva, que no fue capaz de superar. Para él, superviviente de aquel mundo de los últimos tiempos del Imperio de los Habsburgo, los relojes habán quedado parados en el mes de noviembre de 1918, y durante el resto de su vida ya no se siguieron moviendo. Hasta esa fecha, como los otros protagonistas de la Wiener Moderne, se había adelantado a su tiempo, integrado en la comunidad de problemas, de carácter ascético y formal, de todos aquellos que se movilizaron para la gran reforma. Tras el colapso del mundo austríaco perdió toda conexión con los temas de actualidad y navegó en un ámbito de problemas sin fecha ni destinatario (…) La suma de lo que Wittgenstein llevó a cabo en sus años británicos, desde 1929 a 1951, constituye un testimonio trágico de la detención, provocada por la guerra, de la reformatio mundi de Kakania.

Desde la amputación de su mundo, Austria sería un país sin realidad y la filosofía reimportada de Wittgenstein la mentira de su vida. El cambio de Wittgenstein desde la última Austria de los Habsburgo a una especie de cristianismo de diseño a lo Tolstoi podía simbolizar, antes de 1918, lo inaccesible de una reforma radical, cosa intuida por los mejores. Después de 1918 tal opción seguía constituyendo una parte del fracaso casi universal ante la tarea de formular las reglas para la vida en un mundo posdinástico. Si Wittgenstein hubiese creído ya entonces que la cultura es como el reglamento de una Orden, a la vista de la miseria de la época habría intentado confeccionar un reglamento de ese tipo o cooperar en su redacción, aunque sólo fuera en la poco elegante forma de un programa de partido o de un concepto de educación para generaciones posfeudales.  Pero prefirió apartarse al mundo, ya superado, de las escuelas rurales austríacas, como un narodnik que se hubiese perdido en ese siglo. Posteriormente con sus análisis filosóficos contribuyó a popularizar el modo austríaco de evadirse de la realidad dando un rodeo por Gran Bretaña. La mentira de los juegos del lenguaje iniciaba su carrera triunfal por los seminarios del mundo occidental, sin que nadie advirtiese en qué se basaba el engaño. Era como si los mercados de bricolage americanos debieran distribuir exclusivamente productos de un formalismo aristocrático a lo Loos, sin considerar que los mercados de bricolage sólo ofrecen, inevitablemente, lo habitual de los mercados de bricolage. Con su forma de quedarse detenido en 1918 Wittgenstein ha coadyuvado a fundamentar ideológicamente el marasmo espiritual del mundo inglés después de 1945: hacia fuera, la aparente equivalencia de todas las formas de vida, una fitness analítica y un liberal anything goes; por dentro, nostalgia de los verdes valles de la estulticia y de los sentimientos jerárquicos de una élite de tiempos pasados.

 

Peter Sloterdijk, Has de cambiar tu vida. Ed. Pre-Textos, 2012.

Published in: on febrero 19, 2015 at 3:06 am  Dejar un comentario  

Sobre el Gobierno Abierto

El razonamiento implícito en la noción de gobierno abierto parte de considerar que: 1) la tecnología disponible permite una fluida comunicación e interacción de doble vía entre gobierno y ciudadanía; 2) el gobierno debe abrir esos canales de diálogo e interacción con los ciudadanos, para aprovechar su potencial contribución en el proceso decisorio sobre opciones de políticas, en la coproducción de bienes y servicios públicos y en el monitoreo, control y evaluación de su gestión, y 3) la ciudadanía debe aprovechar la apertura de esos nuevos canales participativos, involucrándose activamente en el desempeño de esos diferentes roles (como decisor político, productor y contralor). Hasta aquí el argumento y el razonamiento parecen impecables. Sin embargo, más allá de algunas experiencias aisladas relativamente exitosas que podrían abrigar expectativas de una rápida difusión de esta nueva forma de gobernar, los supuestos de los que parten los propulsores del gobierno abierto no se sostienen en la realidad. No pongo en duda que los avances tecnológicos han sido, históricamente, una fuente importante de cambio cultural. Pero la condición básica para que la tecnología incida sobre la cultura es que exista voluntad política para difundir e imponer sus aplicaciones, con todas las consecuencias que ello implica. Esta afirmación merece una aclaración. La mayoría de las aplicaciones tecnológicas son rápidamente adoptadas por el mercado y los usuarios, sin necesidad de someterlos a compulsión alguna. Pero en el caso que nos ocupa, estamos hablando de abrir la caja negra del Estado y de instar a los funcionarios a que escuchen a los ciudadanos, respondan a sus propuestas, los acepten como coproductores y admitan que deben rendirles cuenta, además de responder a sus críticas y observaciones. Se trata de nuevas reglas de juego en la relación gobierno-ciudadanía. Y si bien podemos aceptar, provisoriamente, que la tecnología permitiría esa interacción, también debemos admitir que para que los funcionarios políticos y los administradores permanentes se muestren dispuestos a funcionar bajo estas nuevas reglas, hace falta una enorme dosis de voluntad política desde el más alto nivel gubernamental para imponerlas. Un grado de determinación que rompa con estructuras y mecanismos decisorios ancestrales, que por muy distintas razones pocos estarían dispuestos a modificar. Pero además, del lado de la ciudadanía, la filosofía del gobierno abierto supone que una vez abiertos los canales, los ciudadanos estarán prontamente dispuestos a participar y ejercer los roles que potencialmente se les atribuye y reconoce discursivamente. ¿Es posible imaginar esta recreación del ágora ateniense, en un espacio ahora virtual? ¿O, como ocurría en la antigua Grecia, sólo un pequeño grupo de sofisticados oradores y demagogos entablarían un diálogo para discutir y decidir el futuro político de la polis? Lo que pretendo destacar es: 1) que como bien lo ha destacado Amartya Sen, no es concebible la participación de la sociedad civil en el diseño, puesta en marcha y evaluación de las políticas estatales, a menos que esta haya sido empoderada; 2) que el empoderamiento implica que el ciudadano conoce sus derechos individuales y los colectivos, la forma en que se puede obtener la garantía de su ejercicio y la capacidad de análisis de la información pertinente, así como su capacidad de agencia, o sea, de ser o hacer aquello que se tiene razones para valorar, y 3) que aun empoderado, el ciudadano valora la participación política y tiene la voluntad de ejercerla. Estos supuestos, del lado de la sociedad civil, negarían de hecho las profundas desigualdades económicas, sociales, educativas y culturales de la población, la brecha digital existente entre clases sociales, la distinta capacidad de agencia de la ciudadanía, el alto grado de desafección política que exhiben muchas sociedades y la natural tendencia al free riding de la mayoría de los ciudadanos, que no poseen esclavos que les dejen tiempo libre para acudir, a deliberar, a la plaza virtual. En definitiva, la tecnología puede producir cambio cultural en presencia de voluntad política, que debería existir tanto desde el Estado como desde la sociedad civil. Por lo tanto, si al menos desde el Estado la voluntad política se ejerciera en todos los planos necesarios como para eliminar o reducir las distintas asimetrías y resistencias comentadas, es posible que una acción sistemática y perseverante del máximo nivel político podría llegar a generar los incentivos necesarios como para que esa nueva filosofía penetre y se instale con habitualidad en las prácticas ciudadanas, de modo que la cultura reflejada en esas prácticas llegue a modificarse.

Oscar Oszlak, Gobierno Abierto: promesas y desafíos. Voces en el Fénix, 2012

Published in: on octubre 25, 2012 at 11:52 pm  Dejar un comentario  

Larga vida

Las expectativas siempre dan forma a las acciones. Los planes de las instituciones y los personales reflejan nuestra expectativa de que todos los adultos que ahora viven morirán en una pocas décadas. Considérese cómo esta creencia inflama el ansia de obtener cosas, de ignorar el futuro en busca de un placer pasajero. Considérese cómo nos ciega al futuro y oscurece los beneficios a largo plazo de la cooperación. Erich Fromm escribe: “Si el individuo viviese quinientos o mil años, este conflicto (entre sus intereses y los de la sociedad) podría no existir o por lo menos podría atenuarse considerablemente. Podría entonces vivir y cosechar con alegría lo que sembró con pena; el sufrimiento de un período histórico, que dará frutos en el siguiente, podría también beneficiarlo a él”.  Si la mayor parte de la gente seguirá viviendo o no para el presente es irrelevante: la pregunta es, ¿podría haber un cambio significativo para mejor?. Las expectativas de vivir una larga vida en un futuro mejor bien podrían hacer que algunas enfermedades políticas fuesen menos mortales. Los conflictos humanos son demasiado profundos y fuertes como para ser eliminados por cualquier cambio simple, pero la perspectiva de una vasta riqueza en el mañana podría por lo menos disminuir el impulso de pelear por migajas en el presente. El problema del conflicto es grande, y necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir. La perspectiva del deterioro personal y la muerte siempre ha hecho que los pensamientos acerca del futuro fueran menos placenteros. Visiones de contaminación, pobreza y aniquilación nuclear, recientemente han hecho que los pensamientos acerca del futuro fueran demasiado difíciles de soportar. Pero con la esperanza de un futuro mejor y tiempo para disfrutarlo, podremos mirar hacia adelante mejor predispuestos. Mirando hacia adelante, veremos más. Teniendo una apuesta personal, nos preocuparemos más. Mayor esperanza y previsión beneficiarán el presente y la posteridad; incluso mejorarán nuestras posibilidades de  supervivencia. Vidas prolongadas significará más gente, pero sin que ello empeore mucho el problema demográfico del mañana. La expectativa de vidas más largas en un mundo mejor traerá aparejados beneficios reales, al estimular a la gente a pensar más en el futuro. En síntesis, una vida larga y su anticipación parecen ser buenas para la sociedad, así como el acortamiento del tiempo de vida a treinta años sería malo. Muchas personas quieren vidas largas y saludables para sí mismas. ¿Cuáles son las perspectivas para la generación actual?

ERIC DREXLER, La nanotecnología. El surgimiento de las máquinas de creación. Ed. Gedisa, 1993.

Published in: on abril 15, 2009 at 2:37 am  Dejar un comentario  

LA CONFIANZA Y EL FUTURO

En los mundos familiares, el pasado prevalece sobre el presente y el futuro. El pasado no tiene otras posibilidades; éste es siempre complejidad reducida. Por lo tanto una orientación a lo pasado puede simplificar el mundo y volverlo inocente. Se puede suponer que lo familiar permanecerá, que lo confiable resistirá la prueba una vez más y que el mundo familiar continuará en el futuro. Y esto es de manera general una hipótesis verosímil, ya que todos los hombres dependen de ella y nadie se encuentra a sí mismo teniendo de repente que hacer todo de diferente manera. La humanidad no puede confiar su propia experiencia vivida, al pasado. Los elementos esenciales de la experiencia deben representarse en la historia, ya que la historia es la forma más importante de reducir la complejidad. Por este medio, la dimensión temporal con respecto a lo que es pasado, resuelve un problema que pertenece estrictamente hablando a la dimensión social: la exclusión de la acción inesperada. La naturaleza socialmente contingente del mundo es con ella oscurecida, de modo que en el mundo familiar la construcción social inevitable del sentido permanece anónima. Comparado con esto, la confianza se orienta al futuro. Por supuesto que la confianza solamente es posible en un mundo familiar; necesita a la historia como trasfondo confiable. No se puede dar confianza sin esta base esencial y sin todas las experiencias previas. Pero aparte de ser sólo una inferencia del pasado, la confianza va más allá de la información que recibe del pasado y se arriesga definiendo el futuro. La complejidad del mundo futuro se reduce por medio del acto de confianza. Al confiar, uno se compromete con la acción como si hubiera sólo ciertas posibilidades en el futuro. El actor une su futuro en el presente con su presente en el futuro. De esta manera ofrece a otras personas un futuro determinado, un futuro común, que no emerge directamente del pasado que ellas tienen en común, sino que contiene algo relativamente nuevo.

NIKLAS LUHMANN, Confianza. Ed. Anthropos, 1996.

Published in: on febrero 10, 2007 at 7:30 am  Dejar un comentario  

SÓCRATES COMO TÁBANO Y COMADRONA

Generalmente se ha dicho que Sócrates creía en la posibilidad de enseñar la virtud y, en realidad, parece haber sostenido que hablar y pensar acerca de la piedad, de la justicia, del valor, etc. permitía a los hombres convertirse en más piadosos, más justos, más valerosos, incluso sin proporcionar definiciones ni valores para dirigir su futura conducta. Lo que Sócrates creía realmente sobre tales asuntos puede ser ilustrado mejor a través de los símiles que se aplicó a sí mismo. Se llamó tábano y comadrona, y, según Platón, alguien lo calificó de “torpedo”, un pez que paraliza y entumece por contacto; una analogía cuya adecuación Sócrates reconoció a condición de que se entendiera que “el torpedo, estando él entorpecido, hace al mismo tiempo que los demás se entorpezcan. En efecto, no es que, no teniendo yo problemas, los genere en los demás, sino que, estando yo totalmente imbuido de problemas, también hago que lo estén los demás”, lo cual resume nítidamente la única forma en la que el pensamiento puede ser enseñado; aparte del hecho de que Sócrates, como repetidamente dijo, no enseñaba nada por la sencilla razón de que no tenía nada que enseñar: era “estéril” como las comadronas griegas que habían sobrepasado ya la edad de la fecundidad. (Puesto que no tenía nada que enseñar, ni ninguna verdad que ofrecer, fue acusado de no revelar jamás su opinión personal, como sabemos por Jenofonte, que lo defendió de esta acusación.) Parece que, a diferencia de los pensadores profesionales, sintió el impulso de investigar si sus iguales compartían sus perplejidades, un impulso bastante distinto de la inclinación a descifrar enigmas para demostrárselos a los otros (…) Sócrates es un tábano: sabe como aguijonear a los ciudadanos que, sin él, “continuarían durmiendo para el resto de sus vidas”, a menos que alguien más viniera a despertarlos de nuevo. ¿Y para qué los aguijoneaba? Para pensar, para que examinaran sus asuntos, actividad sin la cual la vida, en su opinión, no sólo valdría poco sino que ni siquiera sería auténtica vida. Sócrates es una comadrona. Y aquí nace una triple implicación: la “esterilidad”, su experiencia en saber librar a otros de sus pensamientos, esto es, de las implicaciones de sus opiniones, y la función propia de la comadrona griega de decidir acerca de si la criatura estaba más o menos adaptada para vivir o, para usar el lenguaje socrático, era un mero “huevo estéril” del cual era necesario liberar a la madre (…) atendiendo a los diálogos socráticos, no hay nadie entre los interlocutores de Sócrates que haya expresado un pensamiento que no fuera un “embrión estéril”. Sócrates hace aquí lo que Platón, pensando en él, dijo de los sofistas: hay que purgar a la gente de sus “opiniones” -es decir, de aquellos prejuicios no analizados que les impiden pensar, sugiriendo que conocemos, donde no sólo no conocemos sino que no podemos conocer- y, al proporcionarles su verdad, los ayuda a liberarse de lo malo -sus opiniones- sin hacerlos buenos, como decía Platón.

HANNA ARENDT, De la historia a la acción. Ed. Paidós, 1995.

Published in: on enero 27, 2007 at 8:49 am  Dejar un comentario  

LA POLÍTICA Y LA VIDA

En el momento en que la vida de un pueblo, racialmente caracterizada, es asumida como el valor supremo que se debe conservar intacto en su constitución originaria o incluso como lo que hay que expandir más allá de sus confines, es obvio que la otra vida, la vida de los otros pueblos y de las otras razas, tiende a ser considerada un obstáculo para este proyecto y, por lo tanto, sacrificada a él. El bíos es artificialmente recortado, por una serie de umbrales, en zonas dotadas de diferente valor que someten una de sus partes al dominio violento y destructivo de otra. Nietzsche es el filósofo que aferra con mayor radicalidad este paso; en parte asumiéndolo como su propio punto de vista, en parte criticándolo en sus resultados nihilísticos. Cuando él habla de voluntad de potencia como del fondo mismo de la vida o cuando no pone en el centro de las dinámicas interhumanas a la conciencia, sino al cuerpo mismo de los individuos, entonces, hace de la vida el único sujeto y objeto de la política. Que la vida sea para Nietzsche voluntad de potencia no quiere decir que la vida quiera la potencia o que la potencia determine desde el exterior a la vida, sino que la vida no conoce modos de ser diferentes de un continuo potenciamiento. Lo que condena a las instituciones modernas (el Estado, el parlamento, los partidos) a la ineficacia y a la inefectividad es precisamente su incapacidad de situarse en este nivel del discurso. Pero Nietzsche no se limita a esto. La extraordinaria relevancia, pero también el riesgo, de su perspectiva biopolítica consiste no solamente en el haber puesto la vida biológica, el cuerpo, en el centro de las dinámicas políticas, sino también en la lucidez absoluta con que prevé que la definición de vida humana (la decisión sobre qué es, cuál es, una verdadera vida humana) constituirá el más relevante objeto de conflicto en los siglos por venir. En un conocido pasaje de los Fragmentos póstumos, cuando se pregunta “por qué no tenemos que realizar en el hombre lo que los chinos logran hacer con el árbol, de modo que por una parte produce rosas y por otra peras”, nos encontramos frente a un paso extremadamente delicado que va de una política de la administración de la vida biológica a una política que prevé la posibilidad de su transformación artificial. De este modo, al menos potencialmente, la vida humana se convierte en un terreno de decisiones que conciernen no solamente a sus umbrales externos (por ejemplo lo que la distingue de la vida animal o vegetal), sino también a sus umbrales internos. Esto significa que será concedido o, más bien, exigido a la política el decidir cuál es la vida biológicamente mejor y también cómo potenciarla a través del uso, la explotación, o si hiciera la muerte de la vida menos valiosa biológicamente.

ROBERTO ESPÓSITO, Biopolítica y filosofía. Grama Ediciones, 2006.

Published in: on enero 10, 2007 at 6:54 am  Dejar un comentario  

CRECIMIENTO NO SUSTENTABLE

Como consecuencia del crecimiento del consumo de hidrocarburos, las emisiones de dióxido de carbono aumentaron y aumentarán exponencialmente al mismo ritmo que sus concentraciones en la atmósfera. Otro tanto está ocurriendo con el metano y el óxido nitroso. El resultado es un calentamiento global que amenaza con la extinción severa de especies. Se supone que el cambio climático estará acompañado de catástrofes, migraciones masivas y conflictos, algunos de los cuales se pueden ya avizorar (…) De un modo u otro, todo crecimiento exponencial encuentra sus límites en el agotamiento de alguno de los recursos que lo sustentan y se traduce en el fin del crecimiento o incluso en una declinación. En el caso de la crisis del clima, la pregunta es cómo se llegará al fin del crecimiento exponencial. ¿Podrá ser a través de un proceso consciente y ordenado mediante decisiones políticas globales o alternativas tecnológicas?, o ¿simplemente será impuesto por la catástrofe ambiental?. Los porcentajes de reducción de las emisiones necesarios para lograr la estabilidad de las concentraciones respecto a los niveles de 1990 en pocas décadas implican llevar las emisiones de dióxido de carbono al 40% de sus valores de 1990. Sin mediar alguna catástrofe inesperada, esta reducción no sería posible en las próximas dos o tres décadas por un cúmulo de razones económicas, políticas, e incluso culturales. Aun con el agotamiento del petróleo, la disponibilidad de carbón es tan abundante y se trata de un recurso tan barato que puede conducirnos a una gran catástrofe ambiental. Cabe la esperanza de que tal como ocurrió con las proyecciones de Malthus y del Club de Roma, el avance tecnológico posponga por algunas décadas los efectos más graves del cambio climático. La biotecnología podría abrir el camino para una mayor producción de biomasa que atienda la demanda global de alimentos y energía, y otros avances tecnológicos podrían en conjunto ofrecer también alternativas a los hidrocarburos. Pero aún en el caso de que se arribara a esas soluciones tecnológicas, a menos que sus costos fueran competitivos frente a los combustibles fósiles, su implementación dependerá seguramente de la comprensión y decisión colectiva para mitigar rápidamente el cambio climático.

VICENTE BARROS, Aspectos políticos y económicos del cambio climático. Revista CIENCIA HOY nº 96, Dic. 2006/Ene. 2007

Published in: on enero 5, 2007 at 6:43 am  Dejar un comentario  

LA HIPÓSTASIS DEL HÉROE

Siguiendo las referencias del psicoanalista Otto Rank, descubrimos en el núcleo de las subjetividades heroicas el drama de una enfermedad muy temprana que lo penetra todo. Lo que vuelve hacia sí a los héroes, carismáticos y profetas, es el recuerdo sufrido en silencio y, posteriormente, efectivo, de una total hipóstasis (“subsistencia incomunicable”). Antes de reflexión alguna, la vida se da en ellos como dolor total indistanciable. Al héroe no le duele en especial ninguna parte de su ser, sino todo. Ahí no hay situación que no sea desesperada. El motor de la formación del Yo heroico es la total autoexaltación desde el total hundimiento en el océano del desamparo. El héroe es el hombre que viene del mar de la desesperación y echa pie a tierra. Con él empieza la aventura de la civilización como colonización de la tierra firme del Yo, el morar y entronizar en el nuevo continente: propio arbitrio, poder, querer, saber. Por eso, los héroes son los pioneros psicológicos de la cultura; talan la jungla de la impotencia y la confusión. En retaguardia de los primeros héroes, fueron posibles hombres que, por vez primera, tenían la certeza de poder aprender, de manera rutinaria, lo que en su época es propio de las posibilidades humanas. Desde ese punto de vista, los héroes no son simplemente sujetos de fuerza con nombres sonoros; su Yo no es sólo un anexo de su energía. Mucho más que eso, los héroes con toda su fuerza no son otra cosa que héroes del ser-Yo, paladines de la autoexaltación del saber y de la conquista del propio nombre. Por eso es siempre protagonista la heroicidad mítica: porque su razón de ser es la primera lucha contra una primera derrota. Y sigue siendo, aun sofocada, mi lucha, tuya, suya, nuestra y vuestra. Es tan universal porque la experiencia de la desesperación en la hipóstasis impuesta afecta incomparablemente más que los casos de abandono, mortíferos y patentes, de lactantes a la intemperie hostil.

PETER SLOTERDIJK, Extrañamiento del mundo. Ed. Pre-Textos, 1998.

Published in: on diciembre 31, 2006 at 6:55 am  Dejar un comentario  

EL SALVADOR IDIOTA

Precisamente porque el mundo moderno está saturado del ruido de los mensajeros de los partidos de poder y del estruendo artístico del genio, que llaman la atención sobre sus obras y sistemas delirantes, la diferencia religiosa ya no puede señalarse convincentemente desde la figura del embajador (o enviado). El Dios presente no puede alcanzar a los mortales como enviado, sino sólo como idiota. El idiota es un ángel sin mensaje: un íntimo complementador, sin distancia, de todos los seres que casualmente encuentra. También su aparición es escénica, pero no porque personifique en el más acá un fulgor trascendente, sino porque, en medio de una sociedad de representantes de papeles y de estrategas del ego, él encarna una ingenuidad inesperada y una benevolencia que desarma. Aunque príncipe por estirpe, es un ser humano sin símbolo de estatus: pertenece, así, sin reservas, al mundo moderno, pues si la jerarquía pertenece al ángel, el rasgo igualitario pertenece al idiota. Se mueve entre los seres humanos de la alta y baja sociedad como un niño grande que nunca ha aprendido a calcular en su propio beneficio (…) el salvador es un don nadie a quien no respalda ningún alto mandante. Los presentes consideran sus manifestaciones como naderías infantiles, y su presencia, como un mero incidente no comprometedor. Dostoievski no deja duda alguna con respecto precisamente a este rasgo; de una de las figuras de su novela El príncipe idiota, Ganja, se dice: “No se azoraba lo más mínimo ante el príncipe, como si estuviera solo en la habitación, pues le consideraba lisa y llanamente como nada”. La presencia del príncipe Mishkin, no obstante, es una condición desencadenante de todos los acontecimientos que suceden en su cercanía; él cataliza de manera decisiva los caracteres y destinos de quienes se cruzan con él. Precisamente como no-enviado, soluciona con un método incomprendido el problema del acceso al interior de sus compañeros de juego. Ni sirenas ni ángeles, él es quien abre los oídos y centros de conmoción psíquica de sus compañeros de diálogo.

PETER SLOTERDIJK, Esferas I. Ed. Siruela, 2003.

Published in: on diciembre 9, 2006 at 6:32 am  Dejar un comentario